LA ALCOBA DEL TERCER PISO por SAUDADE

 

LA ALCOBA DEL TERCER PISO

     ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄ ̄

     Todo comenzó cuando alguien dejó

       abierta la ventana…

 

 

   Tres pisos tenía esa casa. Era vieja, oscura, tenebrosa y parecía salida de un cuento de terror. Era tal y como le gustaba a Dinara, la hija mayor de uno de los hombre más poderosos de la ciudad; su pelo negro y largo más allá de la cintura llegaba a darle un aspecto sombrío, al igual que su tez pálida, la cual siempre era comparada con el color de un fantasma, pero eso le parecía estupido ¿Como iban a saber el color de un fantasma? 

 — ¡Qué hermosa casa! — Exclamó la joven luego de dar un paseo por lo que sería su nuevo hogar. Estaba ansiosa por la idea de escoger su dormitorio ya que había unas treinta habitaciones en esa casa, pero solo una de ellas logró captar su atención. Se trataba de la penúltima habitación del tercer piso, la cual contaba con una alcoba que dejaría ver un paisaje perfecto si no fuera por todo el desastre que tenía encima.

 — Quiero que saquen todo ahora. Cadenas, rejas y trabas en esta alcoba yo no quiero verlo cuando vuelva. — Ordenó a sus mucamas luego de ver aquella alcoba tapada y cerrada. Aún no entendía como semejante vista pudo ser así de desvalorizada.

  La pelinegra ahora se encontraba entonando una perfecta melodía en el viejo órgano que había encontrado en la sala de su nueva casa. Sinceramente, Dina no esperaba que aquel instrumento todo empolvado y viejo sirviera, bufando y soltando una risa irónica al comprobar que este sonaba perfectamente; no parecía tener 120 años como el antiguo dueño le había mencionado.

   Después de toda una larga tarde, la joven se dispuso a cenar sola y en silencio. En medio de su cena, recordó la orden que le había dado a sus mucamas, y esperaba encontrarse con su habitación ya lista para ir a dormir luego de finalizar su comida. Pero se le hizo todo tan extraño...Desde que salió de esa pieza, no vio más a ninguna de las mucamas por ningún lado, ni siquiera en la hora de descanso. Sin mencionar que tampoco había oído nada. — ¿Qué hora es? — Se preguntó a sí misma en un susurro mientras buscaba algún reloj con la mirada.

 — ¡Tres y media de la mañana!? ¿En qué momento? —

  Salió corriendo por las antiguas y ruidosas escaleras hasta su habitación. La puerta, abierta. Las luces, prendidas. El ambiente, frío. Y la curiosa alcoba del tercer piso de la penúltima habitación estaba abierta, dejando entrar un viento silbador.

 Dinara se rió, su habitación estaba perfecta y la vista de esa alcoba era magnífica, no podía pedir más... pero no se había percatado de algo. La nueva dueña de la casa comenzó a escuchar voces debajo de su cama, voces agudas que le parecían hasta tiernas ¿Otra vez ellos? Pensó.

 — Salgan de ahí, ya los escuché.— Pronunció de forma dulce y cantada, sin duda eran ellos, eran sus amigos.

   Poco a poco unas figuras negras y pequeñas comenzaron a salir por debajo de la cama, eran murciélagos y arañas parlanchinas, quienes venían exclamando y peleando en voz alta, enojados por ser descubiertos una vez más. No era la primera vez que visitaban a esa chica, solo querían asustarla pero ella parecía encantada con la presencia de aquellos seres, se les hacía tan extraña.

 — ¿Cómo están las cositas más lindas del mundo? — Soltó entre risitas y llevando las manos hacia sus nuevos huéspedes para acariciarlos con suavidad.

 — Mal, mal, muy mal ¿Por qué no te damos miedo? — preguntaron los animales e insectos, frustrados.

   Dinara abrió sus ojos sorprendida y dejó oír una gran carcajada por su parte, ellos no eran tenebrosos.

 — ¿En serio buscan asustarme? Conviví con vampiros, zombies, esqueletos y espíritus malignos. Ustedes son más bien... unas tiernas mascotas. Los murciélagos y arañas quedaron boquiabiertos ante las palabras de la joven, ahora era ella quien daba miedo, sin dudas. La muchacha cargó entre brazos a las criaturas y las llevó a pasear por la gran casa, dejando ver las numerosas curiosidades que había allí.

   Ella no tenía reflejo ante los espejos, y las llamas de las velas no podían apagarse con absolutamente nada. Por un momento dejaron de sentir los pasos de la chica, y para su sorpresa, esta se hallaba levitando.

 — ¡Es un monstruo, corran! — Gritaron todos juntos mientras las arañas escapaban de los brazos ajenos y los murciélagos volaban por todos lados intentando salir de la casa. Pero se llevaron la sorpresa de sus vidas cuando las puertas y ventanas de todo el hogar se cerraron al mismo tiempo; todo fue obra de la joven. A su vez, el antiguo órgano comenzó a sonar sin que nadie lo estuviera tocando, haciendo presente una melodía escandalosa y tenebrosa mientras la muchacha jugaba a cazar a los murciélagos y arañas, los cuales terminarían siendo nada más ni nada menos que... su cena.

 

 

— Saudade

 

Comentarios

Entradas populares