La alcoba del tercer piso por NAMELESS
La alcoba del tercer piso.
"Todo
comenzó cuando alguien dejó abierta la ventana"
Toda esta historia comienza en el día más
frío de la primavera. Esa estación que muchos aman y que otros detestan con
cada parte de su ser. Un clima que está relacionado con el amor y las
demostraciones físicas del mismo.
En gran parte, todos aman esta época del
año. Ya que el frío, en general, ha finalizado, a pesar de que aún se sienta
algo fresco por las noches. Esas pequeñas brisas que te recordaban al anterior
invierno.
Varias personas, aprovechan estas fechas
para descansar de las frías mañanas, para salir con sus amigos a pasear por
algún lugar o simplemente dormir un poco más. Pero, desgraciadamente, cuando
eres adulto, estas cosas ya no son lo mismo. Y la libertad, al menos para mí,
se ve en un lejano futuro que parece nunca llegar.
Las salidas con «amigos» ya no volverán a
ser lo que eran antes. Ahora son personas aburridas que solo hablan de cosas
poco dignas de comentar. El sueño comienza a tener sus fallas y el placer de
vivir se va junto con la tranquilidad. El miedo y la tristeza te inundan por
las noches, pero por más de que intenten detenerlos, siempre termina siendo una
batalla imposible de ganar.
Cuando llegas a la adultez, todos esos
momentos llenos de felicidad que vivías antes, como lo son en la niñez y parte
de la adolescencia, comienzan a desvanecerse y verse como momentos infantiles
que no podrás volver a vivir.
Creces, y comienzas a darte cuenta de los
problemas que rodean a toda tu familia, esa a la cual veías perfecta desde que
eras un niño. Logras observar el cómo la arrogancia y egoísmo puede separar los
lazos de sangre, que se supone que son los lazos más fuertes, lo que son
imposibles de romper, pero todo es posible en un mundo lleno de avaricia y
egocentrismo.
Los problemas económicos, las peleas, los errores,
todo termina siendo mal visto por tu misma sangre. La que parece no preocuparse
por tu bienestar, sino por cuanto traes en tu bolsillo.
Esos pequeños romances adolescentes a
escondidas ya no están presentes para ayudarte a afrontar el horrible mundo que
te espera tras la puerta. Esto ya no es una posibilidad, mucho menos cuando te
criaste apartado del mundo debido a tu exigente familia.
Así soy yo, alguien que vive con la
soledad, esa que se convirtió en mi mejor amiga desde que tengo memoria. La
única que me comprendió y me ayudo en los peores momentos.
Mi nombre es Marilyn, esa chica que ama la
primavera y que hace tiempo no tiene con quien pasarla. No me conoces para
nada, pero déjame contarte como una noche de primavera cambió mi vida por
completo...
Mis ojos estaban cerrados, mis piernas
temblaban violentamente y mi cuerpo estaba hecho bolita sobre la cama, con
todas las sábanas de mi casa sobre mi cuerpo. No recordaba cuánto tiempo había
dormido, ni desde hace cuanto sentía este inusual frío. Tan solo sabía que
podría enfermarme si seguía así.
Di un gran respiro al sentir que me faltaba
el aire, una gran sensación de ahogo se instaló en mi garganta, creí que había
tragado mal mi saliva. Sentía como si me estuviera ahogando con agua, como
cuando te ríes al beberla.
Comencé a toser un poco, sintiendo que esa
sensación no se iba. Luego de unos minutos, la sensación desapareció por
completo, haciéndome respirar profundamente por la falta de aire. No estaba
segura, pero creí que era debido a que me estaba comenzando a enfermar.
Lentamente fui abriendo mis ojos,
encontrándome con una obscura habitación que era mía desde muy pequeña. Esa que
estaba decorada con tonalidades rojas y doradas, sin ningún tipo de luz
eléctrica, con tan solo la luz de la luna entrando por la ventana, que se
encontraba abierta de par en par.
Mire a mi lado, esperando verlo, suspiré
frustrada al recordar que él ya no iba a volver. Él se había ido con El Señor
hacía un año, pero yo aun no me acostumbraba a dormir en esa cama sin él junto
a mi.
Quité las sábanas de encima de mi cuerpo y
me senté, pasando mis manos por mi rostro. Bajé un pie de la cama, mi piel se
erizó al sentir el frio suelo. Un escalofrío recorrió mi espalda, me levanté y
caminé hacia la ventana.
Mi camisón de color blando, con una seda
muy fina, cayó hasta mis tobillos, mientras caminaba hacia esta con lentitud,
sintiéndome frustrada. Mis pasos eran lentos pero firmes, el viento chocaba con
mi rostro y desacomodaba mis cabellos. Esta brisa era mucho más fuerte de lo
que debería, el frío era tanto que lograba quemarme la piel, haciendo que cada
parte de mi cuerpo doliera.
El frío era aún más intenso conforme pasaba
el tiempo. Maldije internamente, creyendo que alguno de los sirvientes había
dejado esta ventana abierta apropósito.
Si, yo era un poco molesta, pero tampoco
debían hacer este tipo de cosas para maltratarme de una manera tan lenta y
dolorosa. Si iban a vengarse conmigo, espero que encuentren una manera más
creativa y, por sobre todo, discreta.
Las cortinas eran movidas por el viento que
provenía de afuera. Me asomé por la ventana, tan solo por curiosidad. Me
encontré con el gran jardín, completamente oscuro, con la luz de la luna
alumbrándolo. La fuente estaba en medio del mismo, dándole la elegancia que
necesitaba.
Mi alcoba estaba en el tercer piso, el más
alto de toda la mansión de mis padres. Por suerte nunca le tuve miedo a las
alturas.
Sonreí complacida ante la hermosa vista
que tenía desde allí, sonreía al recordar que a mi esposo le encantaba mirar el
jardín desde esta misma ventana, algo que nunca me había interesado hasta su
muerte. Cerré la ventana y me di la vuelta con la misma sonrisa.
Mi vista estaba en el suelo, pero aun así
pude notar esos pies descalzos frente a mi que, claramente, no eran los míos.
Un jadeo de sorpresa salió de mis labios, sintiendo una pequeña adrenalina al
encontrarme con alguien mas en mi propia habitación.
Mi cabeza fue subiendo de a poco. No era
algo extraño que alguno de los sirvientes entrara a la habitación cuando me
escuchaban despertar, mi madre siempre se encargó de que eso fuera un hecho.
Tal vez, ahora esa persona estaba ahí porque me había escuchado toser hace unos
minutos.
Me encontraba frente a un alto hombre, uno
de cabellos castaños y luminosos ojos azules. Uno que no era ni parecido a
alguno de nuestros empleados. Su atuendo era completamente blanco, uno que
hacia resaltar su pálida piel. Entre sus manos sostenía una pequeña lámpara,
que iluminaba en una tonalidad algo anaranjada su rostro.
Me asusté al verlo ahí, no tenía idea de
quien podría ser este chico que se encontraba parado frente a mi. Mis pies
fueron retrocediendo inconscientemente. Pero, por cada paso que daba hacia
atrás, él avanzaba de la misma manera.
El miedo inundó todo mi ser, mis ojos se
llenaron de lagrimas al pensar en la peor de las muertes. Esta situación no
tenía otra explicación, ¿Por que razón este joven se encontraría frente a mi a
altas horas de la noche?. Pero, a pesar de esto, no creí que ocurriría algo
como lo que sucedió a continuación.
Estaba aterrada, completamente asustada.
Buscaba disimuladamente con la mirada algo para poder defenderme en caso de que
fuera necesario, pero no encontraba nada. Volví mi vista a ese joven, tratando
de recordar si es que lo había visto en algún lado y no tener que preocuparme
de esta manera.
Me encontraba mirando su rostro en detalle,
la forma de este y el color en sus ojos. Tan concentrada en admirar su
apariencia que me sorprendió cuando, de un momento a otro, dos alas salieron de
detrás de su espalda.
Pegué un pequeño saltito en mi lugar,
cerrando los ojos unos segundos y apartándome aun más, esto comenzaba a
exaltarme. Luego de abrir los ojos, me quedé observándolo con incredulidad.
Esta situación me tomó por sorpresa, está
claro que nadie se espera que le ocurra esto en la mitad de la noche.
Esas dos hermosas alas de blancas plumas
lograron hipnotizarme en un santiamén. Eran algo tan llamativo, poco usual,
totalmente cautivante. Era algo que me llamaba a saber mas y eso me preocupaba
de cierta forma. Tenía miedo de saber, pero mas de no saber.
Mi boca estaba entreabierta, mis ojos no
dejaban de mirar a aquel chico tratando de buscar una explicación coherente
ante lo que mis ojos estaban viendo, ya no sabía que estaba ocurriendo. Abrí mi
boca para intentar nada.
— No diga
nada, señorita...
Antes
de que pudiera hacerlo el muchacho se acercó a mi, dejo la lámpara en el suelo
y tapó mi boca. Rodeó mi cintura con sus brazos y yo sentí un escalofrió. El
miedo volvía cada vez mas fuerte. Él sonrió con amabilidad, mientras yo trataba
de alejarme y pedir ayuda. Trataba de empujarlo y forcejeaba para intentar
escapar, pero estaba claro que él era mucho mas fuerte que yo.
—
Tranquilícese, Marilyn... — Sonrió. — No voy a hacerle daño, pero no grite.. —
Dijo apartando su mano con suavidad.
Algo dentro de mi se retorció al escuchar
mi nombre salir de su boca. Este muchacho sabía quien era, él conocía mi
identidad y quien sabe que otras cosas mas. Por esta razón, obedecí ante su
tranquila petición, despues de todo, yo no sabía quien era este chico y tampoco
sabía si me haría daño.
Tal vez esto no era lo que yo pensaba, tal
vez yo estaba confundiendo las cosas. Pero aun así, había una mínima
posibilidad de que este joven me hiciera algo indebido, después de todo, la
mayoría de los hombre hoy en día son así. Lo mire con terror, sin saber como
reaccionar.
Él volvió a sonreírme, tomó la lámparas
entre sus manos y acomodo su vestimenta, que se había arrugado con mis bruscos
movimientos. Él extendió su mano hacia mi, para que la tomara. Me negué y
retrocedí una vez mas.
— ¿Cuál es
su nombre?, ¿Va a hacerme daño?, Si mi padre se entera de esto usted va a estar
un largo tiempo en prisión, señor. — Hable con rapidez, sintiéndome desesperada
y a la vez confundida.
— Mi
nombre es Diore y no, no voy a hacerle daño, señorita. — sonrió una vez mas. —
Tan solo debo mostrarle algo muy importante...
— ¿Podría
decirme usted que es esa cosa tan importante de la cual habla?. — Murmuré.
— Su vida,
señorita Keegan — Tomé su mano con algo de desconfianza, el besó el dorso de la
misma, provocando un sentimiento aterrador en mi — ¿O debería decirle señorita
Rawson?, después de todo, usted ya no está con el señor Keegan, ¿No es así?.
— Con una gran mueca de confusión tomé
su brazo cuando lo extendió y nos dirigimos a la puerta.
— Keegan
está bien, prefiero honrar el apellido de mi marido, gracias. — Esquivé la
mirada del joven, sintiéndome intimidada.
Él caminaba con lentitud, haciéndome sentir
mucho mas nerviosa de lo que estaba. Mis manos sudaban y mis ojos se llenaban
de lagrimas por el miedo que sentía.
Él tomó la perilla de la puerta, quise
apartarme, pero él tomó mi antebrazo, para luego jalarme hacia él. Mientras,
simultáneamente, abría la puerta frente a nosotros. La que se suponía que
llevaba al pasillo.
Mi sorpresa fue mucho mas grande al observar
lo que había detrás de esa puerta. Era una gran alcoba con sus paredes de color
blanco, con su techo y suelo del mismo color. En las tres paredes, en las que
no estaba la puerta por la que entramos, había varias puertas.
Todas estas eran de diferentes tamaños y
colores, con hermosos diseños o lisas. El joven misterioso cerró la puerta
detrás de nosotros y se quedó frente a ella, ya no tenía como escapar, pero aun
así no quería, mi curiosidad era mucho mas grande ahora.
—¿Qué
espera, señorita?, entre y descubra. — Sonrió.
Aun no comprendo, cómo o por qué, pero
terminé obedeciendo, sin ningún tipo de quejas. Tal vez por curiosidad, o por
simple miedo a negarme. Es como todos dicen, la curiosidad mato al gato, solo
esperaba no terminar como ese felino.
De a poco, fui descubriendo lo que escondía
cada puerta, quedando más confundida de lo que parecía.
Cada una de esas puertas me mostraba
diferentes escenarios de toda mi vida, la cual no era muy larga. Pero logro
resumir mis veinticinco años de vida en tan solo diez simples puertas.
Escenas como la primera vez que mi madre me
había obligado a usar un corset, o cuando mi padre arregló mi boda con un joven
que apenas conocía un poco, pero que se había ganado mi corazón. La muerte de
mi esposo hace unos meses.
Algo dentro de mi se apretó, sentí como si
me hiciera pequeña al ver esa escena otra vez, verlo en cama, totalmente débil
y lleno de dolor. Su miedo al no saber que hacer y el como nadie podía
ayudarlo.
Grito de desesperación por dentro,
volviendo a sentir ese vacío que siempre lograba tirarme abajo. Pero aun así,
por fuera trato de mostrarme fuerte, sonrío como si no se me estuviera
desintegrando por completo el corazón.
Comencé a caminar dentro de la puerta,
tratando de volver a ese lugar tan triste, pero el muchacho de hermosas alas me
tomó del brazo antes de que pudiera entrar en esa recamara. Cerró esa puerta y
se paró frente a ella, para que yo no intentara entrar una vez más.
Toda mi infancia se resumieron en un par de
puertas, una infancia horrible para cualquiera. Menos para los hombres, claro.
Ellos siempre tuvieron mas beneficios que todas nosotras. Mientras ellos
jugaban carreras con sus amigos, nosotras estábamos sentadas allí,
observándolos, con las piernas cruzadas y la espalda recta. Bien arregladas y
correctas, sin hablar ni opinar acerca de nada, tan solo sonriendo y tratando
de ser educadas.
Todas y cada una de esas puertas fueron
cerradas con fuerza, escuchándose un portazo haciendo eco en todo el cuarto. En
el ultimo de todos estos recuerdos, pude observar uno de los momentos mas
recientes, uno que había olvidado por completo, a pesar de que hubiera pasado
hace unos días.
Ese recuerdo me trajo miles de dudas, no
entendía como yo estaba en mi alcoba, en la mansión de Inglaterra, si es que
debía estar dentro de un barco rumbo a New York.
Ahí, en esa memoria, vi los boletos de
primera clase para aquel gran barco del que todo el mundo hablaba, pero que a
mi poco me interesaba. En lo único que pensaba, era en el hombre que amaba, el
cual sentía que abandonaba mientras el tiempo pasaba.
Cerré esa puerta, completamente confundida,
di media vuelta sobre mi eje, topándome con los ojos azules de ese alto joven
que aun no conocía. Él me sonrió sin soltar una sola palabra, yo lo observaba
con confusión, buscando alguna explicación para lo que se encontraba dentro de
esa habitación.
Él se acercó a mi y me pregunto si es que
me sentía bien, yo no sabía como responder a su pregunta, una bastante simple
que podía responderse con un si o un no. Balbuceé algo inentendible para ambos,
él rio apartando su mirada.
— No
entiendo. — Murmuré. — ¿Por qué está mostrándome esto?.
— ¿Es que
aun no lo entiende, Marilyn?. — Frunció el ceño con una sonrisa.
—¿Entender
que?. — Él negó con la cabeza, acercándose a mi con lentitud, yo retrocedí un
poco, sin saber sus intenciones. Estiró su mano hacia mi, manteniéndola a la
altura de mi frente.
— Estoy
recordándole su vida, Marilyn, es para que no se le olvide cuando se vaya. — Mi
confusión era aun mayor.
— ¿Irme
yo?, ¿Adonde debería irme?.
— Al otro
lado, Marilyn. — Dio un pequeño golpecito en mi frente con su dedo corazón,
cerré los ojos ante su tacto.
Mantuve los ojos cerrados unos segundos,
este tacto desapareció segundos después. No los cerré porque quisiera
mantenerlos cerrados, sino porque no podía abrirlos por alguna razón.
Sentí frio nuevamente, pero este era uno
mas intenso, uno que lograba que me doliera cada parte del cuerpo, mucho mas
que con el viento de la ventana. Pronto empecé a escuchar gritos, unos
demasiado desesperados, que lograron erizarme la piel.
Una fuerte explosión hizo que abriera los
ojos, una muy buena decisión. Un grito ahogado salió de mi garganta al ver tal
escena. Me encontraba en la popa del barco, que estaba en posición vertical,
hundiéndose a gran velocidad. El agua se movía con gran violencia y mis
lagrimas comenzaron a salir.
Me encontraba en posición horizontal, del
otro lado de la «cerca» que impedía que nos cayéramos del barco cuando este se
encontraba en su posición normal. A mi izquierda había un señor, que me hablaba
y me decía que iba a estar bien, aunque solo trataba de convencerse a si mismo.
A mi derecha había una pareja, una señora
bastante joven, pelirroja, muy bonita y un joven algo rubio junto a ella. El
muchacho rubio estaba explicándole lo que iban a hacer para sobrevivir. Yo
escuché atenta su conversación, tratando de escuchar lo que decían, pues el
ruido era muy fuerte y apenas podía entender. Iba a tratar de hacer lo que
ambos tenían planeado.
Era arriesgado, por lo que logré entender.
Pues como dijo el joven, el barco iba a succionarnos en cuanto estuviéramos
bajo el agua. Me daba algo de miedo pensar en eso, esa agua debía estar a
varios grados bajo cero, era posible que muriera congelada, sin mencionar que
no traía un chaleco salvavidas que me ayudara a flotar.
Pero, a pesar de esto, parecía mas fácil
de lo que era, tan solo debía patalear hacia la superficie para poder volver a
respirar, luego de eso tan solo buscaría algo para poder flotar sin hacer mucho
esfuerzo físico. Era muy arriesgado, pero aun así iba a intentarlo, porque no
quería morir.
El ruido que hacía el barco logró
ensordecerme, mi vista se nublaba debido a las lágrimas y sentía cómo mis
piernas temblaban, ahora mismo no sabía si era por el frio o por el miedo. Aun
con todas mis esperanzas, yo seguía pensando en la muerte y esa idea no salía
de mi cabeza ni un segundo, no podía motivarme de esa manera.
El barco se hundía cada vez más rápido y yo
solo cerré los ojos para llenarme de valor, recé una última vez, pidiéndole a
ese Dios que no me llevara consigo. Cuando volvía a abrirlos ya era hora de
sobrevivir.
Tomé una bocanada de aire y tan solo me
sumergí junto con el barco, abrí los ojos segundos después y vi la oscuridad
más intensa que pudiera existir, tan solo la oscuridad del océano Atlántico. El
frío comenzó a afectarme, me dolía, me quemaba, pero tenía que preocuparme por
sobrevivir.
Quise impulsarme, dando un pequeño salto
para poder comenzar a nadar hacia arriba, pero mi vestido se había atorado en
la barandilla del barco. La desesperación no me dejaba pensar y la falta de
aire aumentaba con cada segundo que pasaba.
El Titanic seguía hundiéndose, yo comencé a
forcejear, pero no podía separarlo y con la pesadez que me daba el agua era
mucho más complicado poder lograrlo.
El aire que había acumulado comenzaba a
ahogarme, pronto di un gran suspiro en busca de
aire, pero el agua entró en mi boca. Sentía el gusto salado del agua y
la sensación de ahogo, traté de toser, buscando aire, pero tan solo hacía que
más agua entrara en mis pulmones.
Mi cuerpo se iba debilitando y mis suspiros
buscando aire eran menos constantes, el frío me quemaba y la tos seguía
buscando hacerme respirar, pero esto era cada vez menos posible.
Primero me
invadió el frío, luego comenzó la tos esa noche...
Por favor,
que alguien cierre esa maldita ventana.
-Nameless
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